lunes, 10 de diciembre de 2012

Credo de la U.C.V.

Creo en la U.C.V., 
Creadora de ciencia y 
de cultura, la de Vargas, 
la del hombre justo 
y bueno que sueña 
un país decente. 

Creo en su biblioteca, 
bañada por las luces 
multicolores del pensamiento, 
en su Aula Magna, 
acaso el recinto 
más hermoso y democrático 
de la cultura nacional 
y el único lugar 
donde puede oirse 
el silencio reflexivo 
de la multitud. 

Creo en los sueños 
que dormitan tras 
las nubes de Calder; 
en la dignidad del alma 
ucevista y en los 
nombres olvidados 
de los que la hicieron 
y la hacen grande. 

Creo en el poder ético 
de la docencia y la 
cultura, puesto que 
el hombre sabio sólo 
puede buscar el bien. 

Creo en las señoras 
que mantienen viva 
la utopía frente al 
cafetín de ingeniería 
y en el mural 
de Aquiles y su 
muñeca de trapo. 

En Alfredo Moreno, 
Mecenas de la lectura. 

Creo en las fotocopiadoras, 
en la reproducción 
clandestina de libros 
y en las ediciones piratas. 

Creo en el Comedor Universitario 
como el único mal negocio 
que se justifica. 

Creo en la mística del 
investigador solitario, 
mal remunerado 
y peor valorado, 
en el estudiante que 
marcha con su veinte 
bajo el brazo. 

Creo en la protesta pacífica 
como derecho irrenunciable 
y en la obligación moral 
que tiene la mayoría de 
oponerse a una minoría 
corrupta que ni la respeta 
ni la representa. 

Creo en las pequeñas batallas 
y en la irreductible fuerza del 
bien, en la pluma de Earle 
Herrera y en el arte 
que se esconde por los 
rincones insospechados 
de la U.C.V. 

Creo en el Orfeón Universitario, 
cuya sola existencia es 
suficiente para justificar 
la universidad. 

Y por último, creo en la dicha 
que florece a la sombra de 
las horas azules del reloj, 
ya que allí descubrí 
el amor. 

Laureano Márquez

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